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IRRUPTORAS
Para ser poderosa solo necesitaba una cosa: haber cumplido los veinticinco años y tener educación

Explorando las conexiones entre la capital y Loja

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Corría el año de mil ochocientos treinta y nueve cuando, en la ciudad de Loja, una mujer soltera y de posición desahogada, doña Ana María Carrión y Valdivieso, extendió su mano generosa y prudente sobre la hacienda de Tumianuma. Existía una deuda pública de la familia Roa-Romero a través de la capellanía que, como losa gravitaba sobre sus tierras.

"Les ofreció un contrato de salvación, al tres por ciento de rédito anual, con la obligación de cuidar la hacienda como propia y la prohibición de venderla o hipotecarla. Los deudores, ni sabían escribir, firmaron con una cruz comprometiéndose a responder por el total de la deuda"

Tiempo después, situada en Quito, doña Ana María —contando ya con la madurez de su edad— brindó facultades legales totales al jurista lojano José Antonio Eguiguren. Su fin era claro: defender sus intereses legítimos frente a instancias civiles y de la iglesia. Ella fue una figura notable del ochocientos; una gestora astuta y filántropa que, operando en la sombra con firmeza, ejerció su influencia y autoridad incluso desde la lejanía capitalina.

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