top of page

LOS CAMINOS 

El 4 de octubre de 1775, salió del pueblo de Malacatos, cerca de Loja, una expedición cargada con uno de los productos más valiosos del imperio español: la cascarilla, corteza del árbol de quina, la única cura conocida contra la malaria en la Europa del siglo XVIII.

3 copia.JPG

Setenta y dos cajones. Siete mil trescientas treinta y seis libras netas de cascarilla. Todo bajo el cuidado de don Francisco Moreno, con destino final al puerto de Tumbes, y de ahí a Guayaquil, y finalmente a la Real Botica — la farmacia real, que abastecía de medicinas a la Corona española.

Loja y sus alrededores, incluyendo Malacatos, eran en el siglo XVIII una de las principales zonas productoras de cascarilla del mundo. No exportaban oro ni plata en esta ruta: exportaban corteza de árbol, empacada con un cuidado casi industrial para sobrevivir el viaje hasta Europa sin perder su valor medicinal.

Transportar cascarilla desde la montaña hasta el barco era casi tan costoso como producirla, para entender cuánto costaba realmente enviar un cajón de quina a la Real Botica.

Un cajón de cascarilla costaba 155 reales antes incluso de subir a un barco.

  • Cada cajón de quina llevaba consigo una cadena entera de oficios y materiales, y todos, absolutamente todos, tenían un precio fijado.

  • Empecemos por la materia prima: cada arroba de cascarilla costaba veinte reales.

  • Limpiarla —quitarle impurezas antes de empacarla— sumaba un real más.

  • Y había que calcular también las mermas: la corteza perdía peso durante el proceso, a razón de tres reales por quintal perdido.

  • Pero el verdadero costo estaba en el empaque. Cada cajón de madera, con sus tablas y la mano de obra del carpintero, costaba veintidós reales.

  • Se sumaban dos reales y medio de clavazón gruesa y menuda, tres reales de cueros y clavos adicionales, medio real por el desplazamiento de los oficiales carpinteros hasta Malacatos y de vuelta, un real por transportar las tablas mismas hasta el lugar del empaque.

  • Luego venía el sellado: precintar y embetunar el cajón costaba tres cuartillos de real, más medio real adicional de betún. Se forraba con lienzo —seis varas por cajón— a un costo de quince reales, la partida individual más cara de toda la lista.

  • Acomodar la cascarilla dentro costaba dos reales más.

  • Y, el forro final de cuero, con dos pieles por cajón, sumaba cinco reales, más uno adicional por cortarlas y coserlas.

  • Sumando gastos menores —cuatro reales por cajón en imprevistos— el costo total de preparar y despachar un solo cajón de cascarilla llegaba a ciento cincuenta y cinco reales y tres cuartillos. Y eso, antes de que el cajón siquiera llegara al puerto de Tumbes.

Multiplicado por setenta y dos cajones, este documento nos deja ver la escala real de una industria que sostenía buena parte de la economía de Loja en el siglo XVIII: un negocio de precisión contable, tan meticuloso como cualquier registro moderno de exportación.

bottom of page