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SALUTIS

5 sept
13 min de lectura

NICOLÁS MONARDES: CIENCIA, PELIGRO Y TINTA.


Capítulo 1: El Olor a Tinta y Plomo (Sevilla, 1574)

 

El taller de Alonso Escrivano olía a aceite de linaza, plomo fundido y papel trapo húmedo. Era el olor del conocimiento, pero también el de la censura.

 

Mateo ajustó el marco de madera de la prensa tipográfica con manos temblorosas. Sobre la mesa de trabajo reposaban los pliegos firmados y rubricados por el mismísimo escribano de cámara, Pedro del Mármol. Cada letra de plomo encajada al revés en el componedor guardaba una verdad que el océano Atlántico había traído a regañadientes hasta los muelles de Sevilla.

 

—No aprietes tanto la burra, muchacho —le advirtió el maestro impresor, frotándose las manos manchadas de tinta negra—. Este libro lleva el privilegio del rey Felipe, y el Consejo Real no tolera erratas, ni en las leyes de Indias ni en las virtudes del hierro.

 

Mateo miró el manuscrito original del doctor Monardes. Aquellas páginas hablaban de la nieve traída de las cumbres para enfriar las bebidas de los potentados, de hierbas milagrosas como la escorzonera que desafiaban a la parca, y de extrañas piedras extraídas de las entrañas de animales lejanos capaces de neutralizar cualquier veneno. Monardes jamás había cruzado el mar Océano; supo todo aquello interrogando a los marineros descalzos que rengueaban al bajar de los galeones en el Arenal.

 

Pero había algo que Mateo no se atrevía a decir en voz alta. Entre los pliegos de la Tercera Parte, los que se imprimían por primera vez aquella primavera de 1574, había una hoja suelta con anotaciones del propio médico. Una advertencia que no aparecería en ninguna página oficial, pero que convertía aquel volumen en un objeto tan codiciado como peligroso.

 

Capítulo 2: El Precio de la Cura (Sevilla, 1574)


El peso de un imperio cabía en una redoma de vidrio soplado. En la trastienda de su casa en la collación de San Salvador, el doctor Nicolás Monardes contemplaba el polvo grisáceo de la piedra bézar con la misma mezcla de devoción y terror con la que un teólogo examinaba una reliquia sagrada. Tenía cincuenta y cinco años, la espalda encorvada por las muchas horas inclinado sobre los escritorios y una tos seca que el humo de Sevilla no hacía más que empeorar.

 

A través de la ventana enrejada llegaba el rumor incesante de la ciudad: el tráfago de las recuas de mulas, las voces en el puerto del Arenal y el eco lejano de las campanas de la Giralda. Sevilla era la puerta y el cerebro del mundo conocido. Por sus muelles desfilaban marineros con el rostro curtido por el escorbuto, capitanes con fiebres indescifrables y frailes que traían en sus hábitos raíces, cortezas y resinas cuyos nombres latinos aún no existían.

 

—Los hombres mueren de lo que ignoran, Mateo —dijo Monardes sin volverse, mientras pesaba con una balanza de precisión unos fragmentos de yerba escorzonera—. Y a veces, mueren también de lo que creen conocer.

 

El muchacho, ayudante en el taller de Alonso Escrivano, dejó los pliegos recién impresos sobre la mesa de nogal. El olor a tinta fresca impregnaba el ambiente. Entre aquellas páginas se encontraba la Tercera Parte de su Historia medicinal, el tratado sobre el hierro y, sobre todo, las advertencias sobre cómo los venenos del Nuevo Mundo comenzaban a circular por las cortes de Europa con la misma facilidad que el oro y la plata.

 

—El Consejo Real ha dado el visto bueno, doctor —anunció Mateo con voz queda, señalando el sello de cera que colgaba del pliego oficial firmado por Pedro del Mármol—. El rey Felipe concede los diez años de privilegio exclusivo. Pero... los oficiales de la Inquisición han puesto reparos a ciertos párrafos del tratado sobre la nieve. Dicen que alterar los humores del cuerpo con agua helada roza la temeridad y desafía el orden natural de la creación.

 

Monardes esbozó una sonrisa amarga, una mueca que le ensombreció los ojos. ¿Orden natural? La naturaleza que él conocía no cabía en los manuales de Galeno ni de Avicena. ¿Qué sabían los doctores de Salamanca o de Alcalá de Henares, encerrados en sus aulas escolásticas, sobre un veneno que mataba en cuestión de horas paralizando el pulso, o sobre una piedra encontrada en el estómago de una cabra montés en el Perú capaz de devolver la vida a un cortesano envenenado por celos?

 

Monardes nunca había pisado las Indias. Su laboratorio era el puerto, y sus maestros, los hombres rotos que volvían en los galeones.

 

—No temáis al Consejo, muchacho —murmuró Monardes, acercándose a la luz tenue del candil—. Temed a los hombres que buscan estas páginas antes de que se encuadernen. Hay sustancias de las que hablo en este libro que no solo curan, Mateo. En las manos equivocadas, una dosis precisa de estas raíces americanas puede borrar cualquier rastro de un asesinato sin dejar más huella que una muerte natural.

 

El médico abrió un cajón secreto de su escritorio y extrajo un pequeño cuaderno de notas encuadernado en pergamino ajado. En sus márgenes, escritas con una caligrafía temblorosa, constaban los nombres de tres personas poderosas que habían fallecido repentinamente en Madrid tras recibir visitas de emisarios italianos. Todos ellos habían consultado antes los escritos inéditos del doctor.

 

—El libro que Escrivano está imprimiendo no es solo un avance para la ciencia, Mateo —concluyó Monardes, mirando fijamente al joven a los ojos—. Es una lista de pruebas. Y hay alguien en Sevilla que está dispuesto a quemar el taller entero, y a nosotros con él, para evitar que la tercera parte de estas verdades vea la luz.

 

Capítulo 3: El Paciente del Arenal (Sevilla, 1574)


El golpe seco contra el pesado portón de roble resonó en la oscuridad de la madrugada, sobresaltando a Mateo y al doctor Monardes. No era el toque habitual de un paciente común, de esos que esperaban pacientemente desde el alba en el zaguán buscando un remedio para las tercianas o una purga. Era un golpeteo rítmico, imperativo, que denotaba prisa y peligro.

 

Al abrir la puerta, el aire húmedo del Guadalquivir se coló en la estancia trayendo consigo el olor a fango y salitre. En el quicio, sostenido a duras penas por un marinero de rostro cetrino, se encontraba Don Rodrigo de Acosta, un influyente veinticuatro de la ciudad y hombre de confianza del Consejo de Indias.

 

Su aspecto era espantoso: tenía los labios amoratados, la frente perlada de un sudor frío y las manos crispadas sobre el abdomen, como si intentara retener un fuego interno que le quemaba las entrañas.

 

—¡Socorro, doctor...! —balbució el noble antes de flaquear. El marinero y Mateo tuvieron que sujetarlo en vilo para evitar que se desplomara sobre las losas de piedra.

 

Monardes no perdió un segundo. Con la agilidad mental que le daban decenios de práctica, encendió un candil de aceite y ordenó que lo tumbaran sobre la mesa de reconocimiento.

 

—Desabróchenle el jubón. ¡Rápido! —ordenó el médico, mientras palpaba el pulso del enfermo: débil, acelerado, caótico.

 

Examinó los ojos de Don Rodrigo; las pupilas estaban extrañamente dilatadas y su aliento exhalaba un aroma dulzón, casi imperceptible, que recordaba a las almendras amargas mezcladas con resina de huarango. No era una simple indigestión ni una fiebre terciana de las que asolaban los pantanos de Tablada. Aquello era un veneno de diseño, una sustancia tan sutil que los médicos tradicionales de la Universidad habrían achacado a un "desequilibrio de la bilis negra".

 

—Ha tomado algo —susurró Mateo, mirando los frascos que Monardes alineaba con mano firme—. Algo que no deja rastro en el estómago.

 

—Exacto, muchacho —afirmó Monardes con los ojos inyectados en concentración—. Es un alcaloide traído de las tierras altas del Perú, un veneno del que me hablaron los frailes jerónimos el año pasado. Destruye el pulso en cuestión de horas. Los médicos viejos lo llaman la "muerte blanca" porque el cuerpo expira creyendo que el corazón simplemente se cansó de latir.

 

Don Rodrigo abrió los ojos por un instante, con una súplica silenciosa de quien sabe que camina por la frontera del abismo.

 

—Salvadme... Tenían el libro... buscaban el libro... —fueron las únicas palabras coherentes que salieron de sus labios antes de que su cuerpo sufriera un espasmo violento.

 

El noble había estado en posesión de los borradores de la Tercera Parte que Monardes había enviado al Consejo para su revisión. Alguien quería silenciarlo para que el contenido de los tratados sobre el hierro y los antídotos nunca llegara a las manos del impresor Alonso Escrivano.

 

—Si usamos los remedios de Galeno, morirá antes del amanecer —dijo Mateo, viendo cómo el pulso del enfermo casi desaparecía.

 

Monardes no dudó. Abrió el estuche de madera donde guardaba los especímenes más raros y valiosos que los galeones habían descargado en el puerto. Descartó las purgas habituales y tomó una pequeña escudilla de plata.

 

—Trae agua destilada y raspa una pizca de la Piedra Bézar —ordenó el médico con voz de mando—. Y añade unas gotas del zumo de la yerba escorzonera. Si la naturaleza del Nuevo Mundo nos trajo el veneno, también ha de tener la llave para detenerlo.

 

Capítulo 4: El Margen del Error (Sevilla, 1574)


El brebaje oscuro, compuesto por el polvo de la piedra bézar y el amargo zumo de la escorzonera, descendió por la garganta de Don Rodrigo ayudado por las manos firmes de Monardes.

 

Durante unos segundos eternos, nada ocurrió. El silencio en la trastienda solo fue roto por el chisporroteo del aceite en el candil. De pronto, el cuerpo del noble se arqueó violentamente sobre la mesa. Un temblor espasmódico recorrió sus extremidades, sus ojos se volvieron blancos y de su boca brotó una espuma de tono verdoso que manchó los faldones de su jubón.

 

—¡Doctor, se nos muere! —exclamó Mateo, retrocediendo un paso, con el corazón golpeándole contra las costillas—. ¡El veneno y la piedra están luchando dentro de él, pero el cuerpo no lo resiste!

 

Monardes se inclinó, oliendo la espuma con desesperación. Su rostro, habitualmente sereno, se tornó pálido.

 

—¡No es solo la ponzoña del Perú! —exclamó el médico, comprendiendo de repente el engaño—. Le han administrado un doble veneno. La piedra bézar neutraliza el alcaloide de las alturas, pero reacciona de forma violenta con una segunda sustancia... ¡un compuesto de arsénico y resina de pino que no contemplé en mis notas!

 

Don Rodrigo exhaló un suspiro largo y tembloroso, y su pecho dejó de moverse. El pulso en su muñeca se apagó por completo.

 

La Búsqueda a Contracorriente


—Está frío, doctor —susurró Mateo, tocando la mano inerte del noble.

 

Monardes negó con la cabeza, apretando los dientes con una mezcla de furia y frustración científica.

 

—No del todo. El pulso carotídeo aún tiene un hilo de vida, pero su sangre está coagulándose a marchas forzadas. Necesitamos la contraindicación exacta. En los borradores que envié al Consejo Real, anoté una variante de esta fórmula para neutralizar el arsénico... pero las páginas de esa corrección se quedaron en el taller de Alonso Escrivano, dentro del cajón de los pliegos desechados.

 

Se arrebujó la capa oscura sobre los hombros. La noche sobre Sevilla era un manto de peligros e intrigas, y las calles cercanas al Arenal a esas horas estaban plagadas de espías, matones a sueldo y agentes de la Inquisición o de los mercaderes italianos que competían por el monopolio de las medicinas indianas.

 

—Voy por ellas —dijo el muchacho, dirigiéndose hacia la puerta con paso firme.

 

—Espera, Mateo —le detuvo Monardes, entregándole un pequeño frasco de vidrio ámbar


—. Si alguien te intercepta y descubre que buscas las notas del tratado sobre el hierro y los antídotos, no dudarán en cortarte el cuello. Si ves que te siguen, rompe el frasco contra las piedras; el olor del aceite de alcanfor ahuyentará a los mastines, pero te delatará. Ve.

 

Mateo salió a las callejuelas silenciosas de Sevilla. La luna apenas se filtraba entre los aleros de las casas encaladas. A lo lejos, el Guadalquivir rugía con la fuerza de la marea nocturna.

 

Apenas había doblado la esquina de la Calle de las Sierpes cuando escuchó el eco rítmico de unas botas de cuero sobre los adoquines, persiguiéndolo de cerca. Una sombra alta emergió bajo el soportal de una iglesia, bloqueándole el paso hacia la imprenta de Alonso Escrivano.

 

Capítulo 5: La Sombra tras los Pliegos (Sevilla, 1574)


El sonido de las suelas de cuero resonaba demasiado cerca, rebotando contra los muros de cal. Tenía dos opciones: correr hacia la plaza principal y arriesgarse a ser visto bajo la escasa luz de las antorchas de la guardia, o adentrarse en el laberinto de callejones sin salida que bajaban hacia los astilleros del Arenal.

 

Se deslizó como un felino hacia un callejón tan estrecho que apenas cabían los hombros, un recoveco donde los vecinos arrojaban los desperdicios y el olor a humedad y pescado podrido era denso.

 

A sus espaldas, la figura alta y encapuchada dobló la esquina con una agilidad inquietante.

 

—Sé que estás ahí, muchacho —murmuró una voz ronca, con un marcado acento extranjero, deslizándose por el callejón como una serpiente—. El libro no es para manos inexpertas. Entréganos los borradores de Monardes y podrás volver a tu imprenta con la garganta intacta.

 

Mateo sintió el sudor frío resbalándole por la nuca. El hombre no quería matarlo todavía; quería las notas del tratado sobre el hierro y los antídotos. Si las obtenían, el libro que Alonso Escrivano estaba imprimiendo saldría mutilado, y la cura para Don Rodrigo —y para cualquier otra víctima futura de la "muerte blanca"— desaparecería para siempre.

 


Apretando con fuerza el frasco de aceite de alcanfor en el bolsillo, Mateo esperó el momento preciso. Cuando oyó el crujir de una bota sobre un cascote a escasos dos metros, sacó el frasco y lo estrelló con toda su fuerza contra el suelo empedrado.

 

El fuerte y penetrante olor a alcanfor estalló en el aire cerrado del callejón, cegando e irritando las vías respiratorias del perseguidor con una humareda acre.

 

—¡Maldito mocoso! —se oyó exclamar al sicario, tosiendo con violencia mientras intentaba despejar el aire a manotazos.

 

Aprovechando la confusión, Mateo saltó sobre un montículo de barricas vacías, trepó por el alféizar de una ventana baja y se dejó caer al otro lado, en el patio trasero que comunicaba directamente con el callejón del Postigo del Aceite, justo a la espalda de la imprenta de Alonso Escrivano.

 


El taller estaba a oscuras, pero Mateo conocía cada centímetro de madera y plomo. Deslizó el cerrojo interior de la puerta trasera y entró a tientas. Se dirigió de inmediato al cajón de los pliegos desechados, donde el impresor guardaba las pruebas sobrantes.

 

Con los dedos temblorosos, palpó entre los papeles hasta dar con la hoja manuscrita que llevaba las anotaciones marginales de Monardes: la fórmula corregida para neutralizar el arsénico combinando el hierro pulverizado y la escorzonera.

 

En ese preciso instante, un golpe sordo retumbó en la puerta principal del taller. Alguien estaba forzando la cerradura con una piqueta de hierro.

 

Mateo guardó el papel en el pecho, apretándolo contra su corazón, y corrió hacia la salida trasera justo cuando la madera de la puerta principal cedía con estrépito.

 

Capítulo 6: El Asedio del Zaguán (Sevilla, 1574)


La noche se cernía pesada sobre las orillas del Guadalquivir cuando Mateo dobló el último recoveco hacia la casa del doctor Monardes. La respiración le quemaba los pulmones y el papel con las correcciones del maestro ardía contra su pecho como si fuera de carbón vivo.

 

Apenas a diez varas del pesado portón de roble, dos siluetas oscuras se recortaron bajo la tenue luz de un farol de aceite. El hombre alto del callejón y un segundo sicario de espaldas anchas le cortaban el paso, bloqueando la única vía de escape.

 

—Demasiado lento, muchacho —siseó el extranjero, desenvainando con parsimonia una daga corta cuyo filo brillaba con reflejos verdosos.

 

Mateo dio un paso atrás, buscando desesperadamente una salida, pero el callejón era un callejón sin salida flanqueado por muros altos. Iba a llevarse la mano al bolsillo para arrojar lo que quedaba del aceite de alcanfor cuando el portón de la casa se abrió chirriando sobre sus goznes.

 

En el umbral apareció la figura encorvada del doctor Nicolás Monardes. En una mano sostenía un pesado candelabro de hierro forjado y, en la otra, un frasco lleno de un líquido humeante que despedía un olor acre a azufre y resina.

 

—Dejad en paz al muchacho —exigió Monardes con una voz que no admitía réplica, firme y resonante a pesar de los años—. El tratado sobre el hierro y los antídotos ya está impreso y en manos del escribano real. Si creéis que matándonos vais a enterrar la verdad, os equivocáis; las verdades del Nuevo Mundo ya han cruzado las puertas de Sevilla y no hay poder en Europa que pueda devolverlas al mar.

 

El sicario principal soltó una carcajada seca, avanzando un paso con la daga en alto.

 

—Al rey y al Consejo les importan poco vuestras hierbas, doctor. Pero hay intereses en Roma y en Génova que pagan muy bien por que ciertos secretos sobre venenos y curas jamás salgan a la luz. ¡Entregad el papel!

 

Monardes no retrocedió ni un ápice. Con un movimiento rápido y calculado, arrojó el contenido del frasco de vidrio contra los adoquines, justo a los pies de los atacantes.

 

El líquido entró en contacto con una chispa que el médico había preparado previamente en el suelo, desatando una densa y sofocante nube de humo amarillo y denso. Los sicarios tosieron con desesperación, cegados por los vapores químicos de la azufre y las resinas americanas.

 

—¡Mateo, ahora! —gritó el médico.

 

El muchacho se deslizó como una exhalación entre la cortina de humo, esquivando la estocada a ciegas del segundo atacante, y se precipitó al interior del zaguán. Monardes lo siguió de inmediato, golpeando el portón de roble con fuerza hasta hacer caer el pesado cerrojo de hierro justo cuando los cuerpos de los agresores golpeaban la madera desde el exterior, furiosos por haber perdido la presa.

 

Capítulo 7: El Alba del Exilio y el Libro Heredado (Sevilla, 1574)


Dentro de la trastienda, el aire era espeso y pesado. Don Rodrigo yacía inmóvil sobre la mesa de nogal, con el hilo de la vida tan frágil que parecía disiparse a cada suspiro.

 

Sin perder un segundo, Mateo entregó la hoja salvada al doctor Monardes. Bajo la luz trémula del candil, los ojos cansados del médico recorrieron los trazos rápidos de su propia caligrafía: la proporción exacta de hierro pulverizado y zumo de escorzonera capaz de contrarrestar el arsénico oculto.

 

—Si nos equivocamos en una sola gota, su corazón se detendrá para siempre —advirtió Monardes, con la mano firme a pesar del temblor de la adrenalina.

 

Con la ayuda de Mateo, abrieron los labios del noble y vertieron el compuesto. La reacción fue inmediata: Don Rodrigo dio una arcada sorda, despidiendo de golpe el resto de la ponzoña oscura. El color comenzó a retornar lentamente a sus labios y, tras unos segundos de terrorífica pausa, su pecho se ensanchó con una bocanada de aire profunda y desesperada. Había salvado la vida, pero el precio de esa victoria era demasiado alto.

 

Desde el exterior del zaguán, los golpes de los sicarios contra el portón de roble comenzaron a cesar, sustituidos por el murmullo de voces autoritarias y el eco de botas metálicas. La justicia de la ciudad, o los guardias comprados por los mercaderes genoveses, se acercaban alertados por el escándalo.

 

Monardes miró a Mateo con gravedad. Sabía que los hombres que los perseguían no se detendrían. Si encontraban los manuscritos originales y los moldes en la imprenta de Alonso Escrivano, quemarían el taller y los silenciarían para siempre.

 

—El libro ya está impreso, Mateo —dijo el médico, tomando los primeros ejemplares encuadernados que aún olían a tinta fresca y colocándolos en un arca de viaje—. Pero nosotros ya no podemos quedarnos en Sevilla. La tercera parte de las Indias ha abierto una puerta que no se puede cerrar, y nos toca ser los primeros en caminar por ella.

 

Al primer rayo de sol de aquella primavera de 1574, mientras la campana de la Giralda anunciaba el nuevo día, el doctor Nicolás Monardes y su joven ayudante abandonaban Sevilla en dirección norte, cargando apenas con un par de mudas, el instrumental médico y las páginas sagradas de su obra.

 

Años más tarde, esos mismos ejemplares pasarían por incontables manos: desde los oscuros estantes de conventos y boticarios hasta que, en 1787, un hombre llamado Evaristo Calderón i Moilloi abriría la primera página de este volumen en un polvoriento estudio, encontrando en las anotaciones y en los versos borrados el testimonio eterno de una noche en la que la ciencia, el peligro y la tinta cambiaron para siempre la historia de la medicina.

 





 
 
 

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